Esa doctrina (que su más reciente
inventor llama del Eterno Retorno) es formulable así:
El número de todos los átomos que
componen el mundo es, aunque desmesurado, finito, y sólo capaz
como tal de un número finito (aunque desmesurado también)
de permutaciones. En un tiempo infinito, el número de las permutaciones
posibles debe ser alcanzado, y el universo tiene que repetirse. De nuevo
nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de
nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de
nuevo cursaras todas las horas hasta la de tu muerte increíble.
Tal es el orden habitual de aquel argumento, desde el preludio insípido
hasta el enorme desenlace amenazador. Es común atribuirlo a Nietzsche.
Antes de refutarlo -empresa de que ignoro si soy
capaz- conviene concebir, siquiera de lejos, las sobrehumanas cifras que
invoca. Empiezo por el átomo. El diámetro de un átomo
de hidrógeno ha sido calculado, salvo error, en un cien millonésimo
de centímetro. Esa vertiginosa pequeñez no quiere decir
que sea indivisible: al contrario Rutherford lo define según la
imagen de un sistema solar, hecho por un núcleo central y por un
electrón giratorio, cien mil veces menor que el átomo entero.
Dejemos ese núcleo y ese electrón y concibamos un frugal
universo, compuesto de diez átomos. (Se trata, claro está,
de un modesto universo experimental: invisible, ya que no lo sospechan
los microscopios; imponderable ya que ninguna balanza lo apreciaría.)
Postulemos también -siempre de acuerdo con la conjetura de Nietzsche-
que el número de cambios de ese universo es el de las maneras en
que se pueden disponer los diez átomos, variando el orden en que
estén colocados. ¿Cuántos estados diferentes puede
conocer ese mundo, antes de un eterno retorno? La indagación es
fácil: basta multiplicar 1 x 2 x 3 x 4 x 5 x 6 x 7 x 8 x 9 x 10,
prolija operación que nos da la cifra de 3.628.800. Si un partícula
casi infinitesimal de universo es capaz de semejante variedad, poca o
ninguna fe debemos prestar a una monotonía del cosmos. He considerado
10 átomos; para obtener dos gramos de hidrógeno, precisaríamos
bastante más de un billón de billones. Hacer el cómputo
de los cambios posibles en ese par de gramos -vale decir, multiplicar
un billón de billones por cada uno de los números enteros
que lo anteceden- es ya una operación muy superior a la paciencia
humana.
Ignoro si mi lector está convencido; yo
no lo estoy. El indoloro y casto despilfarro de números enormes
obra sin duda ese placer peculiar de todos los excesos, pero la Regresión,
sigue más o menos Eterna, aunque a plazo remoto. Nietzsche podría
replicar: “Los electrones giratorios de Rutherford son una novedad
para mí, así como la idea -tan escandalosa para un filólogo-
de que pueda partirse un átomo. Sin embargo, yo jamás desmentí
que las vicisitudes de la materia fueran cuantiosas; yo he declarado solamente
que no eran infinitas.” Esa verosímil contestación
de Friedrich Nietzsche me hace recurrir a Gerg Cantor y a su heroica teoría
de conjuntos.
Cantor destruye el fundamento de la tesis de Nietzsche.
Afirma la perfecta infinitud del número de puntos del universo,
y hasta de un metro de universo, o de una fracción de ese metro.
La operación de contar no es otra cosa para él que la de
equiparar series. Por ejemplo, si los primogénitos de todas las
casas de Egipto fueron matados por el Ángel, salvo los que habitaban
en casas que tenía en la puerta una señal roja, es evidente
que tantos se salvaron como señales rojas había, sin que
esto importe enumerar cuántos fueron. Aquí es indefinida
la cantidad; otras agrupaciones hay en que es infinita. El conjunto de
los números naturales es infinito, pero es posible demostrar que
son tantos los impares como los pares.
Al 1 corresponde el 2
Al 3 corresponde el 4
Al 5 corresponde el 6, etcétera.
La prueba es tan irrefutable como baladí,
pero no defiere de la siguiente de que hay tantos múltiplos de
tres mil dieciocho como números hay -sin excluir de éstos
al tres mil dieciochos y sus múltiplos.
Al 1 corresponde el 3018
Al 2 corresponde el 6036
Al 3 corresponde el 9054
Al 4 corresponde el 12072, etcétera.
Cabe afirmar lo mismo de sus potencias, por más
que éstas se vaya ratificando a medida que progresemos.
Al 1 corresponde el 3018
Al 2 corresponde el 30182 el 9.108.324
Al 3, etcétera.
Una genial aceptación de estos hechos ha
inspirado la fórmula de que una colección infinita -verbigracia,
la serie natural de números enteros- es una colección cuyos
miembros pueden desdoblarse a su vez en series infinitas. (Mejor para
eludir toda ambigüedad: conjunto infinito es aquel conjunto que puede
equivaler a uno de sus conjuntos parciales.) La parte, en esas elevadas
latitudes de la numeración, no es menos copiosa que el todo: la
cantidad precisa de puntos que hay en el universo es la que hay en un
metro, o en un decímetro, o en la más honda trayectoria
estelar. La serie de los números naturales está bien ordenada:
vale decir, los términos que la forman son consecutivos; el 28
precede al 29 y sigue al 27. La serie de los puntos del espacio (o de
los instantes del tiempo) no es ordenable así; ningún número
tiene un sucesor o un predecesor inmediato. Es como la serie de los quebrados
según la magnitud. ¿Qué fracción enumeraremos
después de 1/2? No 51/100 porque más cerca está 201/400;
no 201/400 porque más cerca... Igual sucede con los puntos, según
George Cantor. Podemos siempre intercalar otros más, en número
infinito. Sin embargo, debemos procurar no concebir tamaños decrecientes.
Cada punto “ya” es el final de una infinita subdivisión.
El roce del hermoso juego de Cantor con el hermoso
juego de Zarathustra es mortal para Zaratustra. Si el universo consta
de un número infinito de términos, es rigurosamente capaz
de un número infinito de combinaciones -y la necesidad de un eterno
retorno queda vencida. Queda su mera posibilidad, computable en cero.
II
Escribe Nietzsche, hacia el otoño de 1883:
Esta lenta araña arrastrándose a la luz de la luna, y esta
misma luz de la luna, y tú y yo cuchicheando en el portón,
cuchicheando de eternas cosas, ¿no hemos coincidido ya en el pasado?
¿Y no recurriremos otra vez el largo camino, en ese largo tembloroso
camino, no recurriremos eternamente? Así hablaba yo, y siempre
con voz menos alta, porque me daban miedo mis pensamientos y mis traspensamientos.
Escribe Eudemo parafraseador de Aristóteles, unos tres siglos antes
de la Cruz: Si hemos de creer a los pitagóricos, las mismas cosas
volverán puntualmente y estaréis conmigo otra vez y yo repetiré
esta doctrina y mi mano jugará con este bastón, y así
de lo demás. En la cosmogonía de los estoicos, Zeus se alimenta
del mundo: el universo es consumido cíclicamente por el fuego que
lo engendró, y resurge de la aniquilación para repetir una
idéntica historia. De nuevo se combinan las diversas partículas
seminales, de nuevo informan piedras, árboles y hombres -y aún
virtudes y días, ya que para los griegos era imposible un nombre
sustantivo sin alguna corporeidad. De nuevo cada espada y cada héroe,
de nuevo cada minuciosa noche de insomnio.
Como las otras conjeturas
de la escuela del Pórtico, esa de la repetición general
cundió por el tiempo, y su nombre técnico, apokatastasis,
entró en los Evangelios (Hechos de los Apóstoles, III, 21),
si bien con intención indeterminada. El libro doce de la Civitas
Dei de San Agustín dedica varios capítulos a rebatir tan
abominable doctrina. Esos capítulos (que tengo a la vista) son
harto enmarañados para el resumen, pero la furia episcopal de su
autor parece preferir dos motivos; uno, la aparente inutilidad de esa
rueda; otro, la irrisión de que el Logos muera como un pruebista
en la cruz, en funciones interminables. Las despedidas y el suicidio pierden
su dignidad si los menudean; San Agustín debió pensar lo
mismo de la Crucifixión. De ahí que rechazara con escándalo
el parecer de los estoicos y pitagóricos. Éstos argüían
que la ciencia de Dios no puede comprender cosas infinitas y que esa eterna
rotación del proceso mundial sirve para que Dios lo vaya aprendiendo
y se familiarice con él; San Agustín se burla de su vanas
revoluciones y afirma que Jesús es la vía recta que nos
permite huir del laberinto circular de tales engaños.
En aquel capítulo de su Lógica que
trata de la ley de la causalidad, John Stuart Mill declara que es concebible
-pero no verdadera- una repetición periódica de la historia,
y cita la “egloga mesiánica” de Virgilio:
Jam redit et virgo, redeunt Saturnia regna...
Nietzsche, helenista, ¿pudo acaso ignorar
a esos precursores? Nietzsche el autor de los fragmentos sobre los presocráticos,
¿pudo no conocer una doctrina que los discípulos de Pitágoras
aprendieron? [i] Es muy difícil creerlo -e inútil. Es verdad
que Nietzsche ha indicado, en memorable página, el preciso lugar
en que la idea de un eterno retorno lo visitó: un sendero en los
bosques de Silvaplana, cerca de un vasto bloque piramidal, un mediodía
del agosto de 1881 - “a seis mil pies del hombre y del tiempo”.
Es verdad que ese instante es uno de los honores de Nietzsche. Inmortal
el instante, dejará escrito, en que yo engendré el eterno
regreso. Por ese instante yo soporto el Regreso (Unschuld des Werdens,
II, 1308). Opino, sin embargo, que no debemos postular una sorprendente
ignorancia, ni tampoco una confusión humana harto humana, entre
la inspiración y el recuerdo, ni tampoco un delito de vanidad.
Mi clave es de carácter gramatical, casi diré sintáctico.
Nietzsche sabía que el Eterno Retorno es de las fábulas
o miedos o diversiones que recurren eternamente, pero también sabía
que la más eficaz de las personas gramaticales es la primera. Para
un profeta, cabe asegurar que la única. Derivar su revelación
de un epítome, o de la Historia philosophiae graeco-romanae de
los profesores suplentes Ritter y Preller, era imposible a Zaratustra,
por razones de voz y de anacronismo -cuando no tipográficas. El
estilo profético no permite el empleo de las comillas ni la erudita
alegación de libros y autores...
Si la carne humana asimila carne brutal de ovejas,
¿quién impedirá que la mente human asimile estados
mentales humanos? De mucho repensarlo y de padecerlo, el eterno regreso
de las cosas es ya de Nietzsche y no de un muerto que es apenas un nombre
griego. No insistiré: ya Miguel de Unamuno tiene su página
sobre esa prohijación de los pensamientos.
Nietzsche quería hombres capaces de aguantar
la inmortalidad. Lo digo con palabras que están en sus cuadernos
personales, en el Nachlass, donde grabó también estas otras:
Si te figuras una larga paz antes de renacer, te juro que piensas mal.
Entre el último instante de la conciencia y el primer resplandor
de una vida nueva hay “ningún tiempo” -el plazo dura
lo que un rayo, aunque no basten a medirlo billones de años. Si
falta un yo, la infinitud puede equivaler a la sucesión.
Antes de Nietzsche la inmortalidad personal era
una mera equivocación de las esperanzas, un proyecto confuso. Nietzsche
la propone como un deber y le confiere la lucidez atroz de un insomnio.
El no dormir (leo en el antiguo tratado de Robert Burton) harto crucifica
a los melancólicos, y nos consta que Nietzsche padeció esa
crucifixión y tuvo que buscar salvamento en el amargo hidrato de
cloral. Nietzsche quería ser Walt Whitman, quería minuciosamente
enamorarse de su destino. Siguió un método heroico: desenterró
la intolerable hipótesis griega de la eterna repetición
y procuró educir de esa pesadilla mental una ocasión de
júbilo. Busco la idea más horrible del universo y la propuso
a la delectación de los hombres. El optimista flojo suele imaginar
que es nietzscheano; Nietzsche lo enfrenta con los círculos del
eterno regreso y lo escupe así de su boca.
Escribió Nietzsche: No anhelar distantes
venturas y favores y bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver
a vivir, y así por toda la eternidad. Mauthner objeta que atribuir
la menor influencia moral, vale decir practica, a la tesis del eterno
retorno, es negar la tesis -pues equivale a imaginar que algo puede acontecer
de otro modo. Nietzsche respondería que la formulación del
regreso eterno y su dilatada influencia moral (vale decir practica) y
las cavilaciones de Mauthner y su refutación de las cavilaciones
de Mauthner, son otros tantos necesarios momentos de la historia mundial,
obra de las agitaciones atómicas. Con derecho podría repetir
lo que ya dejó escrito: Basta que la doctrina de la repetición
circular sea probable o posible. La imagen de un mera posibilidad nos
puede estremecer y rehacer. ¡Cuánto no ha obrado la posibilidad
de penas eternas! Y en otro lugar: En el instante en que se presenta esa
idea, varían todos los colores- y hay otra historia.
III
Alguna vez nos deja pensativos la sensación
“de haber vivido ya ese momento”. Los partidarios del eterno
retorno nos juran que así es e indagan una corroboración
de su fe en esos perplejos estados. Olvidan que el recuerdo importaría
una novedad que es la negación de la tesis y que el tiempo lo iría
perfeccionando -hasta el ciclo distante en que el individuo ya prevé
su destino y prefiere obrar de otro modo... Nietzsche, por lo demás,
no habló nunca de una confirmación mnemónica de Regreso
[ii].
Tampoco habló -y eso merece destacarse también-
de la finitud de los átomos. Nietzsche niega los átomos;
la atomística no le parecía otra cosa que un modelo del
mundo, hecho exclusivamente para los ojos y el entendimiento aritmético...
Para fundar su tesis, habló de una fuerza limitada, desenvolviéndose
en el tiempo infinito, pero incapaz de un número ilimitado de variaciones.
Obró no sin perfidia: primero nos precave contra la idea de una
fuerza infinita -“¡cuidemos de tales orgías del pensamiento”-
y luego generosamente concede que el tiempo es infinito. Asimismo le agrada
recurrir a la Eternidad Anterior. Por ejemplo: un equilibrio de la fuerza
cósmica es imposible, pues de no serlo, ya se habría operado
en la Eternidad Anterior. O si no: la historia universal ha sucedido un
número infinito de veces -en la Eternidad Anterior. La invocación
parece valida, pero conviene repetir que es Eternidad Anterior (o aeternitas
a parte ante, según le dijeron los teólogos) no es otra
cosa que nuestra incapacidad natural de concebirle principio al tiempo.
Adolecemos de la misma incapacidad en lo referente al espacio, de suerte
que invocar una Eternidad anterior es tan decisivo como invocar un Infinitud
A Mano Derecha. Lo diré con otras palabras: si el tiempo es infinito
para la intuición, también lo es para el espacio. Nada tiene
que ver esa Eternidad Anterior con el tiempo real discurrido; retrocedamos
al primer segundo y notaremos que éste requiere un predecesor,
y ese predecesor otro más, y así infinitamente. Para restañar
ese regressus in infinitum, San Agustín resuelve que el primer
segundo del tiempo coincide con el primer segundo de la Creación
-non in tempore sed cum tempore incepit creatio.
Nietzsche recurre a la energía; la segunda
ley de la termodinámica declara que hay procesos energéticos
que son irreversibles. El calor y la luz no son más que formas
de la energía. Basta proyectar una luz sobre una superficie negra
para que se convierta en calor. El calor, en cambio, ya no volverá
a la forma de la luz. Esa comprobación de aspecto inofensivo o
insípido, anula el “laberinto circular” del Eterno
Retorno.
La primera ley de la termodinámica declara
que la energía del universo es constante; la segunda, que esa energía
propende a la incomunicación, al desorden, aunque la cantidad total
no decrece. Esa gradual desintegración de las fuerza que componen
el universo, es la entropía. Una vez alcanzado el máximo
de entropía, una vez igualas las diversas temperaturas, una vez
excluida (o compensada) toda acción de un cuerpo sobre otro, el
mundo será un fortuito concurso, de átomos. En el centro
profundo de las estrellas, ese difícil y mortal equilibrio ha sido
logrado. A fuerza de intercambios el universo entero lo alcanzará,
y estará tibio y muerto.
La luz se va perdiendo en calor; el universo, minuto
por minuto, se hace invisible. Se hace más liviano también.
Alguna vez, ya no será más que calor: calor equilibrado,
inmóvil, igual. Entonces habrá muerto.
Una incertidumbre final, esta vez de orden metafísico.
Aceptada la tesis de Zarthustra, no acabo de entender cómo dos
procesos idénticos dejan de aglomerarse en uno. ¿Basta la
mera sucesión, no verificada por nadie? A falta de un arcángel
especial que lleve la cuenta, ¿qué significa el hecho de
que atravesamos el ciclo trece mil quinientos catorce, y no el primero
de la serie o el número trescientos veintidós con el exponente
en dos mil? Nada, para la práctica -lo cual no daña al pensador.
Nada para la inteligencia -lo cual ya es grave.
Jorge Luis Borges
1934, Salto Oriental
Entre los libros consultados para la noticia anterior,
debo mencionar los siguientes:
Die Unschuld des Weindes, von Friedrich Nietzsche. Leipzig, 1931.
Also sprach Zaarathustra, von Friedrich Nietzsche. Leipzig, 1892.
Introduction to mathematical philosophy, by Bertrand Russel. London, 1919.
The A B C of atoms, by Bertrand Russel. London, 1928.
The nature of the physical world, by A. S. Eddington. London, 1928.
Die Philosophie der Griechen, von Dr. Paul Deussen. Leipzig, 1919.
Wörterbuch der Philosopie, von Frist Mauthner. Leipzig, 1923.
La ciudad de Dios, por San Agustín. Versión de Díaz
de Beyral. Madrid, 1922.
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[i] Esta perplejidad es inútil. Nietzsche,
en 1874, se burla de la tesis pitagórica de que la historia se
repite cíclicamente. (Vom Nutzen und Nachteil der Historie) (Nota
de 1953)
[ii] De esta aparente confirmación, Néstor
Ibarra escribe: “Il arrive aussi que quelque perception nouvelle
nous frappe comme un souvenir, que nous croyons reconnaître des
objets ou des accidents que nos sommes pourtant sûrs de rencontrer
pour la première fois. J’imagine qu’il s’agit
ici d’un curieux comportement de notre mémoire. Une perception
quelconque s’effectue de abord, mais sous le seuil du concient.
Un instant après, les excitations agissent, mais cette fois nous
les recevons dans le conscient. Notre mémoire est déclanchée
et nous offre bien le sentiment du ‘deja vu’; mais elle localise
mal ce rappel. Pour en justifier la faiblesse et le trouble, nous lui
supposons un considérable recul dans le temps; peut-être
le renvoyons-nous plus loin de nous encore, dans le rédoublement
de quelque vie antérieure. Il s’agit en réalité
d’un passé inmédiat; et l’abîme qui nous
en sépare est celui de notre distracción.”
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